7
El calor estival secó el fango.
Por encima de la jaula, blancas nubes manchaban el cielo.
Pero Jonnie no tenía tiempo para ellas. Toda su concentración estaba puesta en la máquina educativa.
Había conseguido dar vuelta a la inmensa silla y, levantando el asiento con pieles dobladas, podía acodarse sobre la mesa, enfrentando al viejo chinko que, en la imagen, deshaciéndose en halagos, impartía enseñanza.
Dominar el alfabeto en inglés fue toda una tarea. Pero dominarlo en psiclo fue todavía peor. Mucho más fácil era perseguir una pieza, de caza por sus rastros y saber, casi al minuto, cuánto tiempo hacía que había pasado y qué estaba haciendo. Estas señales y símbolos estaban fijos, inmutables, en una pantalla, y los significados que daban eran increíblemente complejos.
Una semana después, pensó que lo había logrado. Había empezado a concebir esperanzas. Incluso había comenzado a creer que era fácil.
Finalmente, pudo echarse hacia atrás y repetir el alfabeto en inglés. Después pudo, echando algunas miradas de reojo, sentarse y repetir en psiclo el alfabeto psiclo. Y con todos los matices de sonido.
Jonnie sabía que no podría dedicar mucho tiempo a esto. La dieta de carne cruda terminaría por hacerle daño; estaba próximo a la inanición porque apenas podía obligarse a comerla.
Todos los días el monstruo iba y lo miraba durante un rato. Mientras él estaba allí, Jonnie permanecía silencioso. Sabía que debía de sonar gracioso. Y la risa del monstruo le erizaba los pelos de la nuca. De modo que, bajo ese escrutinio desde el exterior de la jaula, permanecía muy callado.
Era un error. Los huesos oculares del monstruo, detrás de la máscara respiratoria, se acercaban cada vez más, formando un ceño creciente.
El triunfo del alfabeto duró poco. Al final, el monstruo, un hermoso y brillante día, abrió de golpe la puerta de la jaula y entró rugiendo como una tormenta.
Durante interminables minutos estuvo aullándole. Los barrotes de la jaula temblaban. Jonnie esperaba una bofetada, pero no se encogió cuando la pata del monstruo salió disparada.
Pero buscaba la máquina, no a Jonnie. Bajó la palanca a un segundo punto cuya existencia Jonnie no había sospechado.
¡Apareció una nueva serie de imágenes y sonidos!
El viejo chinko decía, en inglés: «Lo siento, honorable estudiante, perdone mi arrogancia, pero ahora comenzaremos la enseñanza de asociación progresiva de objetos, símbolos y palabras».
¡Y había una nueva secuencia de imágenes! El sonido de la H y la imagen de la H comenzaron a sucederse a intervalos espaciados. Después la letra psiclo que tenía un sonido H comenzó a repetirse, en sonido y en imagen. ¡Y después fueron cada vez más rápido hasta que resultaron una mancha borrosa casi irreconocible!
Jonnie estaba tan estupefacto que no advirtió que el monstruo se había ido.
Aquí había algo nuevo. La palanca era tan grande y resistente que no había comprendido que escondía la posibilidad de ceder obedeciendo a mayor presión.
Bueno, si un empujoncito hacia abajo hacía eso, ¿qué sucedería con un empujoncito hacia arriba?
Hizo la prueba.
Casi le vuela la cabeza.
Le llevó bastante tiempo de desplazamiento de las sombras de los barrotes sentirse lo bastante valeroso como para volver a probar.
¡Lo mismo!
Estuvo a punto de arrancarlo de la silla.
Retrocediendo, miró suspicazmente el objeto.
¿Qué era lo que salía de allí?
¿Luz solar?
Volvió a probar y permitió que le alcanzara la mano.
Era caliente. Picaba.
Manteniéndose cuidadosamente a un lado, vio que en los marcos aparecían imágenes. Y de una manera extrañísima escuchó, como si lo hiciese con la mente y no con los oídos: «Ahora el alfabeto penetrará por debajo del nivel de su consciencia. A, B, C…».
¿Qué era esto? ¿Estaba «escuchando» a través de la mano? ¡No, eso no podía ser! No escuchaba nada, excepto una alondra de los prados.
¡Cosas insonoras salían de la máquina!
Retrocedió un poco más. La impresión disminuyó. Se acercó y sintió como si le hirvieran los sesos.
«Ahora repetiremos los mismos sonidos en psiclo…».
Jonnie se alejó todo lo que le permitió su cadena y se sentó contra los barrotes.
Pensó intensamente en el asunto.
Comprendió por fin que el curso de asociación cruzada de símbolos, sonidos y palabras le permitiría aprehender rápido y después más y más rápido, de modo que no tuviera que buscar lo que le habían enseñado, sino que sería capaz de utilizarlo sin vacilaciones.
¿Pero qué era ese haz de «luz solar» que salía de la máquina?
Reunió más valor. Regresó y encontró un disco qué debía de ser muy avanzado y lo puso. Animándose, levantó al máximo la palanca con aire feroz.
De pronto supo que si los tres lados de un triángulo eran iguales, los tres ángulos también lo serían.
Retrocedió. No importaba qué era un triángulo o un ángulo; ahora sabía.
Regresó y volvió a sentarse contra los barrotes. De pronto, estiró la mano y con un dedo dibujó en el polvo una forma con tres puntas. Removió con el dedo los tres rincones interiores.
—Son iguales —dijo, vacilante.
¿Qué era igual? Iguales entre sí.
¿Y eso qué?
Tal vez fuera valioso.
Jonnie contempló la máquina. Podía enseñarle de manera ordinaria. Podía hacerlo aumentando la velocidad de la lección. Y podía enseñarle con celeridad e instantáneamente con un rayo de «luz solar».
Abruptamente, una maliciosa alegría empezó a iluminar su cara.
¿Alfabeto? ¡Tenía que aprender toda la civilización psiclo!
¿Comprendía ese monstruo por qué lo deseaba?
La vida se transformó en un largo desfile de discos, paquetes de discos. Toda hora que no empleaba en dormir, la pasaba frente a la mesa, con aprendizaje mediante imágenes, con asociación progresivamente acelerada, con los penetrantes rayos de «luz solar».
Medio famélico, su sueño era inquieto. Tenía pesadillas de psiclos muertos mezcladas con ratas crudas que cazaban caballos voladores mecánicos. Y los discos giraban y giraban.
Pero Jonnie siguió, siguió acumulando años de educación en semanas y meses. ¡Había tanto que aprender! ¡Tenía que comprenderlo todo!
Y con una sola meta en mente: la venganza por la destrucción de su raza. ¿Podría aprender lo bastante rápido como para llevar a cabo este propósito?