76.

—Es una emoción física. O el rastro de una emoción. Lo que pudiera irradiar. Lo que queda sin que sea posible retenerlo o apurar conscientemente.

—El sentimiento de un vacío. Nada a lo que agarrarse. En cualquier caso sobreviene como el aviso irracional de lo que te aguarda, de lo que te tiene cercado, y existe una sensación de inminencia. El riesgo deriva de ese incendio que te rodea y avasalla sin que cobre la preponderancia de las llamas. Un incendio en el que nada crepita que no sea la desazón.

—Intuyes, tienes la sensación de que va a suceder. La amenaza puede sustanciarse cuando alguien llama o simplemente golpea la puerta. Es verdad, se trata de una emoción física, acaso sería mejor decir de una conmoción. Yo podría situarla en el vientre mejor que en la cabeza, en el mismo camino con que el ánimo acompaña la digestión de los alimentos crudos en esas ocasiones en que las cosas se digieren con dificultad, tal vez porque teníamos mucha hambre y comimos demasiado deprisa, sin masticar lo suficiente.

—Los indicios, las señales son como los datos de la adivinación. Lo que va a suceder. Lo que precede y anuncia o, mejor, presagia.

—Bueno, el presagio requiere una señal, algo más cierto, no tan indeterminado. El vacío, esa emoción o acaso conmoción, como bien dices, lo sostiene físicamente el presentimiento. Se siente el vacío, la oquedad de lo que nos trastorna como una presunción de que entre lo malo y lo peor lo que va a suceder es lo peor, lo más crudo y terrible de la adivinación.

—Es un trance de espera.

—Una motivación de peligro.

—Recuerdo una tarde de verano, estaba en la finca de unos tíos. No muy lejos de la casa había una plantación de cereal, estaba maduro, lo iban a segar al día siguiente. Yo dormía la siesta y el sueño estaba cuajado de emociones tan peligrosas como llenas de vértigo. Al despertarme, entre ese sudor frío del calor y la angustia, olí el viento de un incendio que arrasaba las mieses. No puedes imaginarte la velocidad del incendio, era como si una guadaña decapitara las espigas, las redujera a ceniza entre la bola del fuego que se expandía sin tregua. Duró unos segundos, casi el tiempo de estremecerse. Y era como el cumplimiento de lo que hubiéramos presentido. Yo mismo en el sueño, mis tíos azorados, mi prima y mi primo cogidos de la mano como si el pensamiento de aquella terrible destrucción los tuviera estrujados.

—El vacío de una incandescencia.

—Algo que va a suceder, algo que sucede, algo que ya sucedió anteriormente, o al menos en alguna ocasión te contaron que había sucedido.

—El temor, o lo que segrega la adivinación, se sostiene en el aprendizaje que ya hicimos. Los presentimientos sobrevienen desde la experiencia que ya nos hizo dueños de ellos, también víctimas de sus presagios. Sobre todo cuando esas adivinaciones se nutren de la desgracia. En las desgracias de la vida hay muchas razones y opciones de repetición. Es verdad ese dicho de que la desgracia nunca viene sola. Hay un estado de ánimo que propicia el vacío o ese incendio que avanza sin remisión para que ardan nuestros sentimientos y el pensamiento se deshaga en la ceniza. No es el ardor, son las llamas. La espera, la presunción, de ese terreno arrasado donde el espíritu tiembla con el miedo.

—Es un dolor.

—Un sufrimiento.

—Estás dormido o estás despierto, pero en cualquier caso alerta, alterado, sabiendo que lo que acecha o viene es ya irremediable.

—No sé si el trigo al arder huele como la avena o la cebada.

—Las mieses dan más fuego que humo, no podría decirte si el olor determinaba la previsión del grano maduro que estallaba en las llamas.

—Te ardía el estómago.

—En el campo arrasado, ya sin brasas, quedaba el presentimiento cumplido. Yo acababa de cerrar los ojos, de apretar los puños, de gemir con la desesperación de lo que no tenía remedio. Llamaban a la puerta pero nadie decía mi nombre, aunque sabía que venían a por mí.

La soledad de los perdidos
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