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Atónita, Maite contempló a los jinetes que entraron en su aldea con expresión altiva, como si estuvieran en su derecho, y deseó que su padre estuviera allí para enseñarles los dientes a esos tunantes. Se trataba de dos docenas de guerreros con armadura de hierro, espada y casco. Casi todos sujetaban una larga lanza con la derecha y conducían a los caballos con la izquierda; llevaban los escudos en la espalda, como si no tuvieran nada que temer, pero se trataba de guerreros astures, los peores enemigos que Maite podía imaginar.
Su jefe era un auténtico visigodo, un hombre que incluso sentado en la silla de montar parecía alto y que llevaba una cota de malla de estilo sarraceno; los cabellos rubios le llegaban hasta los hombros y la mirada de sus ojos azules era tan fría como el hielo. Con aire desdeñoso, contempló la aldea, cuyas casas eran de madera y piedra. Consideraba que Askaiz era un pueblucho cuyo habitante más rico apenas poseía más bienes que el más pobre y en el que la mujer del jefe debía lavar su ropa al igual que la más humilde de las siervas.
Pero el conde no había acudido allí para contemplar el villorrio. Hizo una señal a uno de sus hombres y éste hizo avanzar un caballo de carga, cortó las cuerdas que sostenían un bulto alargado envuelto en una tela sujeta al lomo del animal y lo dejó caer al suelo. Luego cogió la tela, tiró de ella y descubrió un cadáver ensangrentado.
Cuando los habitantes de la aldea reconocieron al muerto soltaron gritos y aullidos, y las laderas de las montañas devolvieron el eco de sus lamentos. Como los adultos le impedían la visión, Maite se dirigió a Estinne, la mujer de su tío, y preguntó:
—¿Qué ocurre?
—¡Nada, niña! —exclamó la mujer, mientras procuraba apartarla de allí.
Maite se zafó y se abrió paso por entre la multitud. Sólo tardó unos instantes en identificar al cadáver ensangrentado: era su padre. Al principio se quedó paralizada, pero luego soltó un alarido tan sonoro y agudo que los caballos de los invasores se encabritaron.
Apretó los puños y se dispuso a abalanzarse sobre los astures, pero una mujer la retuvo.
—¡Cállate, pequeña! De lo contrario, esos malvados te harán daño.
El conde Rodrigo dejó que los aldeanos, que contemplaban a su jefe muerto con el rostro desencajado, asumieran el cambio de situación. Después empezó a hablar en tono alto y claro.
—Vuestro jefe Íker y sus compinches se acercaron demasiado a mis rebaños de ovejas y mis pastores les dieron su merecido. Os he traído su cadáver para que sepáis lo que os espera si alguno de vosotros vuelve a cometer la osadía de acercarse a mi ganado.
Maite quiso gritar a ese hombre que su padre era un gran guerrero que se habría enfrentado a una docena de pastores astures, pero la mujer que la sujetaba le tapó la boca de forma que apenas podía respirar. Maite se debatió con furia, procurando soltarse; entonces se acercó Estinne y ayudó a sujetar a la enfurecida niña.
Lo único que Maite pudo hacer fue lanzar miradas furibundas a los aldeanos, inmóviles como corderos aterrados pese a que superaban en número a los hombres de Rodrigo. Los astures habían aparecido en Askaiz sin que Asier, que debía haber montado guardia, advirtiera a la aldea, y los habitantes mantenían la vista clavada en las brillantes espadas y lanzas de los intrusos sin atreverse a mover un dedo.
En ese momento, más que espanto o tristeza lo que Maite sentía era ira. Sabía que su padre habría podido acabar con ese conde arrogante y sus jinetes, así que sólo había una explicación: los astures debían de haberle tendido una trampa.
El conde Rodrigo ni siquiera se percató de los gestos amenazantes de la niña y se limitó a deslizar la mirada por los rostros aterrados de los habitantes de Askaiz con aire satisfecho. «Sin un jefe audaz como Íker son como corderos temblando ante el lobo», pensó, y acto seguido señaló a uno de los hombres.
—¿Y ahora quién es vuestro líder? ¡Que dé un paso adelante y escuche lo que he de decirle!
Algunos de los aldeanos abrieron paso al cuñado del jefe muerto. Okin, que hacía tiempo había dejado atrás la treintena, era un hombre fornido de rostro redondo que parecía haber perdido su expresión amargada habitual. Se acercó al caballo de Rodrigo con paso decidido, cruzó los brazos y preguntó:
—¿Qué quieres?
Durante un instante una leve sonrisa atravesó el rostro del astur, luego las miradas de ambos hombres se encontraron en silencioso acuerdo. Pero cuando Rodrigo habló, lo hizo en tono duro.
—¿Eres el nuevo jefe?
—Soy el cuñado de Íker y él me encargó que dirigiera la tribu durante su ausencia.
—Entonces de ahora en adelante tendrás esa responsabilidad, ¡a menos que Íker regrese del infierno! —Rodrigo soltó una carcajada, al tiempo que un brillo de satisfacción iluminaba la mirada de Okin.
Entonces un anciano dio un paso adelante y alzó la mano.
—El visigodo puede decir lo que se le antoje, Okin. Sólo serás nuestro cabecilla hasta que la hija de Íker tenga la edad suficiente para elegir marido. ¡Entonces éste ocupará el lugar de su padre!
Aunque Maite sólo tenía ocho años, comprendió que hablaban de ella. Tras la muerte de su padre, era la única por cuyas venas fluía la sangre de los antiguos jefes y era su deber pasarla a la siguiente generación… cuando tuviera la edad necesaria para ello. Eso la enfureció todavía más, porque ahora no había nadie que pudiera impedir que su tío se las diera de jefe ante los demás miembros de la tribu, como siempre hacía cuando su padre estaba ausente. Y también ahora se daba aires y hablaba con el cabecilla astur —el asesino de su padre— como si se tratara de un huésped bien recibido. En lugar de eso, ella habría animado a los hombres a vengar a su jefe muerto. «Pero para eso es demasiado cobarde», pensó, embargada por el odio.
Rodrigo no parecía interesado en las objeciones del anciano; acercó su cabalgadura a Okin y lo rozó con la punta de la bota.
—Tú y tu gente juraréis fidelidad al rey Aurelio y en el futuro me pagaréis tributos a mí. ¡De lo contrario, regresaré y de vuestra tribu no quedará ni el nombre!
Un murmullo de indignación surgió entre los hombres y las mujeres que hasta ese momento habían permanecido en el fondo, pero nadie osó oponerse a las descaradas exigencias del conde astur. Maite se avergonzaba cada vez más de su pueblo, que se postraba ante el astur en vez de derribarlo de su montura para hacerle pagar por la muerte de Íker.
Entretanto, Estinne había aflojado su presa y Maite se zafó. Presa de la cólera, echó a correr hacia Rodrigo. Su tío la vio y trató de detenerla, pero antes de que la niña llegara junto al conde dio un paso atrás e introdujo los pulgares en el cinto, como si lo que estaba a punto de suceder no fuera con él.
Cuando la pequeña llegó junto al semental del astur se dio cuenta de que no podía hacer nada. Ni siquiera tenía un cuchillo y, desesperada, le pegó un puñetazo en la pierna derecha y le gritó todos los insultos que conocía.
Desconcertado, Rodrigo tardó unos instantes en reaccionar, luego la cogió del cuello y la sostuvo, de modo que sus puños ya no pudieron alcanzarlo.
—¿Quién es esta criatura? —preguntó.
—Maite, la hija de Íker —contestó Okin sin titubear.
—¡Una niña valiente! Bien, pronto domaremos a esta fiera. —Rodrigo rió y depositó a Maite en manos de uno de sus guerreros—. ¡Cógela, Ramiro! Cuida de la pequeña. Deberías maniatarla, porque me parece que les ha echado el ojo a nuestros puñales. Cuando lleguemos a casa, Alma se encargará de ella. Si alguien es capaz de domar a este mal bicho es ella.
Sus guerreros también rieron, puesto que no en vano la mayordoma del castillo era conocida como Alma el Dragón. La pequeña tendría que someterse a ella si no quería recibir una buena tunda. Ninguno de ellos se tomó en serio el odio que brillaba en la mirada de Maite: para ellos sólo era una niña que pronto se vería obligada a adaptarse a las nuevas circunstancias.
El conde Rodrigo volvió a dirigirse a Okin.
—¡Ahora sabes quiénes son tus amos! Atente a ello, de lo contrario la próxima vez os costará más que un par de muertos. —Tras lanzar un vistazo al cadáver del jefe como si fuera un ciervo abatido, indicó a sus hombres que lo siguieran.
Maite se debatió con desesperación, pero Ramiro le pegó una bofetada que casi la dejó sin sentido. Antes de que pudiera reaccionar, el astur la maniató con una cuerda áspera y la sentó delante de él en el caballo. Cuando, furibunda, asestó una patada en el cuello al animal, recibió otro bofetón que la obligó a apretar los dientes para no soltar un grito de dolor. Aunque era la hija de Íker y estaba decidida a no demostrar debilidad ante los astures, no osó seguir repartiendo patadas y tampoco logró reprimir las lágrimas que se derramaban por sus mejillas cuando su aldea natal fue quedando cada vez más atrás.