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Peligros

Parecía una visión infernal. Había braseros encendidos con rejas encima, algunas sosteniendo largos hierros semejantes a atizadores cuya punta ardía al rojo vivo. La luz de las llamas se reflejaba en objetos apenas visibles que colgaban de las paredes, así como de las gruesas columnas cuya perspectiva se internaba en la oscuridad. Eran objetos de hierro: tenazas, cadenas, una máscara y diversas armazones que se adaptaban —cuán dolorosamente— al cuerpo humano. Más allá de los fuegos, en la penumbra, merodeaban siluetas que habrían podido pasar por demonios subalternos, destinados ahí para ayudar en todos los enrevesados horrores que pudieran idearse al demonio principal, que, rodeado por las llamas y firmemente plantado sobre sus dos pies, observaba atentamente a Segismundo.

Fuera por disimulo o por otras razones, su rostro no mostró sorpresa alguna cuando, después de examinarlo todo con marcado interés, Segismundo se acercó a una jaula de hierro sujeta a una columna, jaula diseñada para pájaros de un metro ochenta, y abrió la puerta con un chirrido de bisagras, emitiendo un murmullo desdeñoso.

—Aquí hay un fallo. ¿Lo veis?

El maestro de Padua llegó a su lado en un periquete, procediendo a palpar la bisagra e inspeccionar las correas de cuero. Unidas en la inspección ambas cabezas, una rapada y la otra de pelo muy corto, se oyó un gruñido que convocó a uno de los demonios subalternos para mostrarle la bisagra. Una tercera cabeza recibió un bofetón, la del subalterno.

Segismundo dio un paso atrás. Su mirada se posó en otra jaula mucho más pequeña, de la que despuntaban varias agujas de hierro. La desprendió del gancho y la hizo girar en sus manos; introduciendo una de ellas en el interior, agitó los hierros hacia el de Padua.

—Mmm. Pasado de moda. ¡No es esto a lo que estáis acostumbrado, maestro! ¡Pero, si destroza todos los dedos de una vez! Después ya sólo os queda una mano para seguir. —Sonrió con vivacidad—. ¿Habéis visto el que inventó el maestro de Brujas? Con sólo apretar un poco esto —tiró de una aguja y extrajo el tornillo, que cayó al suelo con un ruido metálico— prolongáis el dolor el máximo tiempo posible sin infligir heridas.

—¿El maestro de Brujas? ¿Yan Limburg? ¿Lo conocéis?

—Estuve a su servicio. Hace años, y sólo por un tiempo, pero con maestros como él basta un día de aprendizaje para saber que…

El maestro torturador cambió de actitud respecto a Segismundo. El reto era cada vez más prometedor. Aquel hombre conocía las técnicas de la profesión, hasta el punto de que él mismo sentía ganas de escucharlo. ¡Ya quisiera él haber sido aprendiz de Yan Limburg! Pero la cosa tenía sus ventajas; mostraría las herramientas a alguien capaz de apreciar las sutilezas del daño que infligían. Habiendo visto sufrir a la gente uno sabe qué esperar de un simple giro de tuerca; apartó de un puntapié la que había caído al suelo, agachándose a recoger la uno de sus ayudantes.

De todos modos no era fácil evitar cierta camaradería en lo que quedaba de visita. Aquel hombre estaba familiarizado con lo que le mostraban, y también con sus efectos. El maestro no era un carnicero, aunque tenía que estar dispuesto a hacer carnicerías si se lo pedían; quizá en esos momentos fueran dos expertos con versando sobre su arte, pero ambos sabían que Segismundo era la res en cuestión.

El maestro de Padua, que no solía ocuparse de tales temas, empezó a preguntarse a qué clase de preguntas iba a ser sometido aquel hombre. De momento quien preguntaba era Segismundo.

—A algunos les debe de bastar con ver todo lo que hay aquí. ¿Os encontráis con muchos de esos?

El maestro rió.

—Pocos tienen la suerte de ahorrarse la tortura. Aun si confiesan, lo habitual es poner a prueba lo dicho bajo coacción. También hay quien confiesa sus crímenes pero no tiene prisa en mencionar a sus amigos. Yo ayudo a que todo se sepa. Por muy alta idea que tengan de sí mismos —dijo, aludiendo con la cabeza a quienes se movían en los pisos superiores—, en mis manos acaban por mostrarse bastante más humildes.

—¿Hasta el hijo del dux? —Segismundo agitó la cabeza con asombro—. Le hicisteis confesarlo todo.

El maestro volvió a reír con sorna.

—¿Ése? Ni llegué a tocarlo. Era de los que decíais, de los que confiesan en cuanto me ven. Mis órdenes prohibían acercarme a él. Su excelencia merece cierto respeto y… —Hizo una mueca de desdén—. Y no había más que decir.

—Pero él no había matado al señor Ermolin con sus propias manos. ¿No mencionó el nombre o la identidad del asesino?

—¿En esta ciudad? ¿Identificar a alguien, el señor Pasquale? Cuando oyen que hay quien precisa de sus servicios, los asesinos acuden con capucha y a oscuras; no muestran sus rostros, sino sus dagas. Sus señorías no tenían interés en descubrir al asesino.

—Para lo que les interesaba ya debían de haber oído bastante. ¿No pusisteis en duda su palabra? ¿No protegía a otra persona?

El maestro abrió cuanto pudo sus ojillos negros.

—Conmigo delante os prometo que habría mandado decapitar a su propio padre en la Piazzetta.

Segismundo palpó los eslabones de una cadena colgada junto a un hierro de marcar.

—A veces el amor hace valiente al cobarde.

El maestro bufó despectivamente.

—A ése no. El dux combatió con honor a los turcos durante cuarenta años. Su hijo lloró y se meó encima por miedo a esto. —Agitó la jaula pequeña criticada por Segismundo—. Y ya habéis visto que no es nada en comparación con lo que habría podido mostrarle.

Por encima de sus cabezas, en el ámbito al que había aludido el maestro, el dux, exhortado por el cardenal Pantera a mostrarse humilde de corazón, no era consciente de que en esos momentos Segismundo renunciaba a su segundo encargo en aquella funesta ciudad.

Mientras tanto, otro hombre que también había recibido un encargo y no había sido capaz de cumplirlo daba vueltas en una cama dotada de paneles de madera laterales que la asemejaban a un ataúd, bajo la mirada de un Cristo de madera clavado a su cruz en la pared, y sometido a la vigilancia de la hermana enfermera. Ésta le había administrado agrimonia y hierbas febrífugas para aliviar el calor y los sudores, así como raíz de milenrama con miel para mitigar la inflamación de la herida. De todos modos no era optimista respecto al resultado. Pese a la ayuda de otras enfermeras había sido muy difícil administrarle las decocciones, tal era la fuerza con que se había resistido; además, las había insultado en los términos más asombrosos, llegando incluso a confundirlas con ocupantes de un burdel disfrazadas de monjas para provocar. La enfermera se alegró de que la hermana más joven no hubiera entendido el lenguaje ni la confusión, si bien corría el riesgo de apiadarse demasiado de tan apuesto paciente. Había sido necesario recordarle que para alguien tan próximo a la muerte era más útil rezar por su alma que cuidar de su cuerpo maltrecho.

No se habían preocupado por averiguar el origen de sus heridas. Su tarea era sanar a quien les enviara Dios, y si Él les hacía llegar a un hombre herido por un león en brazos de un desconocido de cabeza rapada, era cosa suya. Del paciente mismo no podía obtenerse información alguna, perdido como estaba en un mundo de atormentadas fantasías. La hermana enfermera se daba cuenta de que no había vivido con santidad.

Como a todo enfermo de fiebre, le obsesionaba la idea de cumplir un encargo, a lo cual se oponía su debilidad. En más de una ocasión había tratado de incorporarse, pero su muslo desgarrado lo había obligado a caer de espaldas preso de fuertes dolores. Una noche había conseguido llegar a la puerta, hasta que la hermana que cumplía con el oficio diario al otro extremo de la sala había acudido corriendo para detenerlo y acompañarlo hasta la cama, mientras el enfermo mascullaba constantemente lo necesario que era cumplir su misión.

La hermana enfermera estaba convencida de que no había nada bueno en esa misión. Viendo que el paciente tenía cicatrices antiguas, se le ocurrió que quizá persiguiera vengarse de alguien, desquitarse de alguna vieja enemistad. «Mía es la venganza», dice el Señor; sólo en el infierno descubrirían esas almas desventuradas cuánta verdad había en ello.

Aplicó un trapo mojado a su frente y sus labios, antes de volver a sentarse a su lado en una silla y enfrascarse en la lectura del breviario.

Habría sido una sorpresa para ella saber que el hombre de cabeza rapada que tan jovialmente había depositado al enfermo ante su puerta corría en aquellos instantes tanto peligro como el paciente al que estaba viendo revolverse en su cama.