C:\Users\Florin\Desktop\Rambhá\antifaz fondo blanco.jpg19

 

 

En cuanto entro por las puertas de mi casa, me siento ligera.

He estado cinco horas discutiendo con Cristian en su despacho, me ha dicho que ni pasando por encima de su cadáver, que jamás lo permitiría, entre millones de súplicas para que me lo pensara mejor. Pero yo lo tenía muy claro y ahora por fin me siento liberada.

En la vida pensé que diría esto: «Me he despedido del Ritz».

Saco el finiquito firmado de la carpeta, lo miro una vez más. Tiene varios ceros. Cinco, para ser más exactos. Con este dinero me puedo comprar un piso en Velázquez. Lo dejo sobre la mesa.

Estoy tranquila, aunque en el fondo me ha dado pena Cristian, le ha faltado arrodillarse y llorar para que no me fuera. Nunca le diré cuál es la verdadera razón por la que me marcho, pero es bastante inteligente y debe imaginarse algo.

Como mañana no tengo que madrugar, me pongo mi pijama de invierno de Mafalda y me tiro en el sofá a ver Titanic. Por más que la veo, no deja de impresionarme cómo Leonardo Di Caprio muere congelado por salvarla a ella. «Eso es amor verdadero». Y evidentemente solo pasa en las películas, cualquier otro hombre la hubiera hundido en el fondo del mar para salvarse él. Total, si nadie se hubiera enterado.

Me despierta el sonido de un wasap. Cojo el móvil con los ojos medio cerrados, pero se me abren de golpe al ver que el mensaje es del desgraciado mayor del reino. Me pongo nerviosa antes de abrirlo, mi cuerpo responde a sus estímulos sin que yo pueda hacer nada. Es superior a mí.

Ares:

 

 

Keira:

 

 

         Ares:

Keira

 

 

Tiro el móvil contra el suelo y saltan las piezas en mil pedazos.

«¡Lo odio!».

Me voy a la cama enfadada de nuevo. Tanto por su indiferencia, como porque me llame «fiera», como porque diga que no piensa volver…

Mi cabeza es un cúmulo de pensamientos contradictorios, mi corazón es un cúmulo de sentimientos encontrados y ambos luchan por convencer al otro de que tiene la  razón.

Club de seducción
titlepage.xhtml
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_000.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_001.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_002.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_003.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_004.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_005.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_006.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_007.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_008.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_009.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_010.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_011.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_012.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_013.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_014.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_015.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_016.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_017.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_018.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_019.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_020.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_021.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_022.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_023.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_024.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_025.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_026.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_027.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_028.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_029.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_030.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_031.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_032.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_033.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_034.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_035.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_036.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_037.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_038.html
CR!6HVRQHJ41N0Q37VGSPQ1EJTBFR7A_split_039.html