Me despierto en mitad
de la noche…
Me despierto en mitad de la noche y estoy sola. La luz de la luna entra por el ventanuco y pinta con un resplandor de plata la cabaña, haciéndola parecer más limpia, más hermosa. Toco el lado del jergón donde duerme Nyneve y está frío: hace tiempo que se ha ido. Me levanto. La sucia paja que cubre el suelo de tierra me hace cosquillas entre los dedos desnudos. El silencio es tan completo que el chirrido de la puerta, cuando la abro, resulta atronador. Voy al campo de entrenamientos y me siento en el tocón del árbol quemado. El mundo es una burbuja de luz lívida. Tino de los dos toscos bridones del Maestro relincha en la cuadra: tal vez me haya oído. Siento un escalofrío: el verano se encamina a su fin y la tierra respira una humedad otoñal.
Hace varias lunas llenas, en una noche como la de hoy, despojé el cadáver de mi caballero. Recuerdo el espectral paisaje de la batalla y creo volver a percibir el tufo dulzón de la podredumbre. Mi entrenamiento prosigue y parece que no lo hago del todo mal: el Maestro, lo noto, está contento. Pero yo me siento una impostora porque sé que nunca seré como esos hombres de hierro que se descuartizaban en el campo vecino. No quiero tajar piernas, amputar brazos, reventar cabezas como sandías maduras. No creo que tenga la fuerza ni el corazón para poder hacerlo. Lo lamento, Maestro, pero no poseo el corazón del león. Como mucho soy una raposa, un zorrito pequeño que solamente ansia sobrevivir. Y el entrenamiento es bueno para eso. Creo que hoy no hubiera necesitado al señor de Ballaine para defenderme de los asaltantes. Me siento fuerte, me siento astuta y me siento orgullosa de saber lo que ahora sé. También las raposas tienen su dignidad, aunque los leones las desprecien.
Me extraña la ausencia de Nyneve. Es cierto que de cuando en cuando se va a Millau, pero nunca en mitad de la noche y sin avisar. Desaparece unos cuantos días y regresa con dinero y con algunas compras. Nunca le pregunto cómo lo ha conseguido: tal vez con el Tarot, tal vez haciendo magia. El último día trajo ropa de hombre para mí y para ella: dice que quiere hacerse pasar por mi escudero. También adquirió una reía azul oscura ribeteada de gris, con la que pretende hacerme una sobreveste.
—No puedes seguir usando la del muerto: son los colores de su blasón y cualquiera puede reconocerlos. De ahora en adelante serás el Caballero Azul.
No tendré bordados heráldicos ni bandera; seré uno más de esos guerreros sin rango que recorren los caminos, un caballero bajo, un bas chevalier o bachiller. Un personaje dudoso del que nadie se fía. Mejor: prefiero ser temida en la distancia a verme obligada a demostrar que el temor tenía fundamento.
Fue asimismo en Millau donde Nyneve consiguió un arco corto. Cuando regresó con él, el Maestro montó en cólera:
—En mi escuela no aprenderá ningún guerrero a utilizar un arma tan rastrera y cobarde.
Los caballeros, lo sé, odian el arco. Y aún más los terribles arcos largos de los bretones y la mortífera ballesta, que son armas prohibidas por la Iglesia. Lo cual no impide que se sigan utilizando. Las flechas matan de lejos, perforan yelmos y atraviesan armaduras, destrozan gargantas y revientan ojos. El mejor de los hombres de hierro, con toda su sabiduría bélica y su valor, está tan indefenso como un corzo ante la certera flecha de un plebeyo.
—No seas ridículo, Roland —contestó Nyneve—. ¿A qué vienen estas ansias de pureza caballeresca? Te olvidas de que Leola es una mujer: nunca podrá ser un verdadero guerrero. ¿Qué más da si aprende a tirar con arco?
Es cierto: tengo la sensación de que el Maestro a veces se olvida de quién soy. Últimamente siempre me llama Leo y me trata como trataría a un hijo adolescente.
—¡Me da igual lo que digas! ¡Aquí no quiero ver ese artilugio inmundo!
Pero Nyneve no le ha hecho ningún caso. Ha empezado a entrenarme ella misma por las tardes: para mi sorpresa, es una arquera formidable. Cuando salimos a la explanada a hacer puntería con el estafermo, el Maestro y el Caballero Oscuro se encierran con iracunda dignidad en su cabaña. Es un arte difícil y las flechas muestran una extraña tendencia a irse a cualquier parte, a pesar de que el arco, me ha explicado Nyneve, es de buena calidad y está bien hecho.
—Es de madera de tejo, la mejor para estas cosas… El tejo es el árbol del infierno de los griegos… Y los griegos eran el pueblo de Aristóteles, ese sabio antiguo del que te he hablado. El tejo es un árbol maravilloso. De sus frutos se extrae un veneno con el que puedes impregnar la punta de las flechas para convertir cualquier pequeña herida en algo fatal. Ya te enseñaré a hacerlo. Pero no se lo digas a Roland, o se volverá loco de furia…
No se lo diré. Y creo que tampoco lo utilizaré, porque lo del veneno me repugna. Aquí, en la quietud, bajo la limpia luna, el mundo parece un lugar ordenado y hermoso en el que no caben esas malas artes ponzoñosas. Me asombra poder estar sin temor en mitad de la noche: tal vez sea una consecuencia de mis nuevos saberes de raposa. Esas pobres cabañas y este campo son como mi hogar. Tengo la sensación de haber nacido aquí y quizá sea cierto. Soy el Caballero Azul, un zorro sin pasado, y ésta es mi madriguera. La escuela está en una colina: allá abajo veo brillar el pequeño camino, que serpentea y se pierde bajo la sombra de los árboles. Algún día tendré que tomar ese sendero para marcharme, pero la idea me acongoja. No sé qué va a ser de mi vida. La batalla de Gevaudan ha terminado; el conde ha sido vencido y la comarca vuelve a pertenecer al rey de Francia. Mi padre y mi hermano están vivos y han regresado a casa: se lo contó un viejo soldado a Nyneve, en uno de sus viajes a la ciudad. Pero de Jacques nadie sabe nada. Tal vez haya muerto; aunque no lo creo, no lo siento. Tal vez se haya convertido en una raposa errante, como yo. Me siento un poco turbada, me siento algo sucia por no haber buscado a mi Jacques con más premura, por haberme entretenido aprendiendo a pelear y no haber corrido a Gevaudan. Ansío recuperar a Jacques, pero no quiero regresar a casa, al territorio quemado, al duro invierno sin grano y sin cobijo. No quiero volver a tirar del arado como un buey. Quiero caminar todos los caminos y leer todos los libros que hay en el mundo. Y encontrar a mi Jacques, que me estará buscando.
Un quejido de madera desgarra el silencio de la noche. Sobresaltada, me dejo caer al suelo y me acurruco detrás del tocón. Quedos susurros indescifrables llegan a mis oídos a través del aire ligero y transparente. En el quicio de la cabaña grande acaba de aparecer una sombra confusa. Hay un rumor de ropas y de roces y ahora la sombra se divide en dos: son Nyneve y el Maestro. Nyneve lleva puesta su camisa, blanca como un sudario a la luz de la luna, pero el Maestro está desnudo. Su piel brilla oscuramente sobre su cuerpo fibroso. Siento un golpe de calor en el estómago, un ardor que me sube a las mejillas. Nunca pensé en el Maestro como hombre, de la misma manera que él no piensa en mí como mujer. Desnudo, no parece tan mayor: y quizá no lo sea. Veo los apretados nudos de sus músculos y mi pobre cuerpo se estremece. Las figuras vuelven a unirse en un estrecho abrazo; se escucha un sonido semejante al zureo de las palomas. Luego, Nyneve se desprende del Maestro y cruza la explanada con los pies descalzos en dirección a nuestra choza. Aguardo un tiempo prudencial y cuando todo vuelve a la quietud regreso yo también a la cabaña. Dentro, el aire está caliente y algo viciado. Nyneve se encuentra tumbada en el jergón, de cara a la pared. Sospecho que está despierta, pero me acuesto procurando no hacer ruido. Meto la mano por debajo de mi camisa y me toco el vientre, helado por el relente de la noche. Mi cuerpo gime de hambre y soledad. Mi cuerpo virginal, atrapado dentro de los ropajes de caballero. Nyneve empieza a resoplar suavemente junto a mí, sumergiéndose en el sueño. La envidio. La detesto.
El Maestro quiere enseñarme a justar.
—Es muy útil, además de honroso. Puedes ganar armas, caballos, incluso rescates de dinero. A veces, hasta tierras.
Ayudé a cuidar de la cuadra de mi amo y por fortuna sé montar, aunque nunca lo había hecho con silla y con los largos estribos de los guerreros. Adaptarse a ello, sin embargo, es muy fácil. Lo difícil es aprender a manejar la enorme lanza, más larga que dos bridones juntos, colocados uno tras otro. Cargada de plomo como está, al principio fui incapaz de despegar la punta del suelo y mantenerla en vilo. Ahora ya consigo llevarla más o menos recta mientras monto a caballo, y el Maestro me ha puesto a enfilar anillas que cuelgan de una cuerda. Hay que intentar atinar a galope tendido, pero todavía no he conseguido ensartar ni una sola con la espantosa lanza.
—Me parece que vas a ser mejor combatiendo a pie que en el torneo… —gruñe el Maestro.
—Lo siento, pero se necesita mucha fuerza —me disculpo.
—Es cierto, se necesita fuerza, pero de nuevo es más importante la pericia. Un instante antes de que la lanza de tu rival choque contigo, debes avanzar el escudo para recoger el impacto y desviarlo. No te aferres al caballo: eso es lo que te hará caer. Al contrario, es mejor que te pongas brevemente de pie en los estribos para tener más capacidad de movimiento y más recorrido y acompañar mejor el resbalar de la lanza… La maestría de un buen justador consiste en manejar bien el escudo con un brazo, mientras que con el otro, al mismo tiempo, colocas la lanza en el punto adecuado de tu adversario, en ese lugar que tú habrás calculado que va a hacerle perder el equilibrio.
—¿Y cómo se calcula eso?
—Cayendo muchas veces al suelo hasta aprenderlo.
Está de buen humor el Maestro últimamente. A veces hasta sonríe, enseñando el agujero de los dos dientes que le faltan. Nyneve se marcha todas las noches a la cabaña grande y ya ni siquiera se preocupa de ocultarme su partida. Sin embargo, siempre va muy tarde y regresa antes del alba, lo que me hace pensar que tal vez el Caballero Oscuro ignore la situación. Cosa que resulta difícil de entender. Pero lo cierto es que no entiendo nada del Caballero Oscuro.
—Está bien, Leo, deja esas pobres anillas y haz algo que me levante el ánimo… Haz algo que me haga sentir orgulloso de ti como maestro. Desmonta, desensilla el caballo y mételo en la cuadra. Luego recoge tu espada de entrenamiento y vuelve acá.
Hago cuanto me dice con un vago remusguillo de inquietud. Las manos me sudan: tengo la sensación de que voy a ser sometida a un examen. Regreso al campo de entrenamiento y ya desde lejos se me desploma el ánimo. No puede ser: junto a mi Maestro, colosal y ominoso, se encuentra parado el Caballero Oscuro. Me acerco; renuente. Caminando cada vez más despacio, y al fin me detengo a un par de metros del gigante. Nunca había estado tan cerca. Sus ojos son dos chispas pequeñas y azules brillando turbiamente allá al fondo, en la penumbra de su pesado casco con nariguera. Es como la mirada de una alimaña desde la oscuridad de su cubil. El Maestro sonríe. Al parecer mi temor le divierte.
—Creo que ya estás preparada para enfrentar la prueba que todos los aprendices tienen que pasar en esta escuela: combatir contra el Caballero Oscuro. Como ves, el Caballero lleva una espada embotada, como la tuya. Pero es tan fuerte que un solo golpe suyo puede partirte el espinazo, de manera que procura no dejarte atrapar.
Ahogo a duras penas un gemido. Un calor de orines se extiende por mi entrepierna.
—¿Tienes miedo? Recuerda que tu miedo es peor enemigo que el Caballero Oscuro. Y piensa que si te asusta este guerrero, que a fin de cuentas utiliza armas negras y no pretende matarte, no serás capaz de enfrentarte jamás a un verdadero adversario.
Intento vaciar mi cabeza y no pensar. No es cierto: intento pensar en todas las veces que, durante los entrenamientos, he conseguido tocar el cuerpo del Maestro con mi espada sin filo. Intento recuperar ese sentimiento de triunfo y ligereza. Esa sensación de inmortalidad.
—Muy bien. Adelante —dice el Maestro.
El Caballero Oscuro es tan enorme que tengo la impresión de que me tapa el sol. Sólo le veo a él, el mundo es sólo él, una impenetrable pared de metal negro. El Caballero se mueve despaciosamente hacia su derecha y yo acompaño su desplazamiento, manteniendo las distancias y dibujando un círculo pausado. De pronto, el guerrero levanta su espadón y carga contra mí. Doy un aterrorizado brinco lateral, tan desatinada y falta de concentración que casi tropiezo con mi propio escudo; y veo pasar a mi lado al Caballero Oscuro, arrastrado por su inercia, pesado y resoplante como un buey. Es lento. ¡Es lentísimo! Yo ya estoy colocada y él aún está girando su corpachón. Algo parecido a la alegría se me enciende en el pecho, una embriaguez de juego y de peligro. Ahora soy yo quien empieza a moverse. Danzo en torno al Caballero, que gruñe y da mandobles, pero no me alcanza. Al cabo me detengo y bajo mi adarga, dejando mi cuerpo al descubierto. El gigante se arroja sobre mí. Me agacho para esquivarle y, mientras él taja el aire con su arma, meto mi espada entre sus piernas. El guerrero se desploma de bruces con estruendo de lata.
Vuelvo a ponerme en posición, a la espera de que se levante. Pero el guerrero continúa tumbado sobre el suelo, con los brazos y las piernas abiertas en aspa, boca abajo. Sus hombros descomunales empiezan a moverse de una manera extraña; su espalda se sacude y escucho un sonido incomprensible, una especie de gañido, cada vez más alto y más agudo. El Maestro se arrodilla junto al hombretón.
—Guy, Guy, tranquilo, Guy, no pasa nada…
El asombro me paraliza. Roland vuelve dificultosamente boca arriba al guerrero y le quita el yelmo y el almófar. Está llorando. El Caballero Oscuro solloza como un niño.
—Me ha hecho daño… —balbucea entre lágrimas.
—No, no ha podido hacerte mucho daño… Sólo estás asustado por haberte caído. Pero esto no es nada…
Su cabezota cuadrada posee una piel blanca y delicada, totalmente lampiña. Sus ojos están demasiado juntos sobre la nariz; su boca retorcida por los pucheros es demasiado pequeña y de labios rosados. Es el rostro de un niño, de un niño avejentado y monstruoso.
—A ver, incorpórate… ¿Ves como no te duele nada?
El Maestro le alisa desmañadamente el escaso y mal cortado pelo pajizo, le quita las manoplas, le limpia las mejillas del barrillo que el polvo ha formado con las lágrimas. El gigantón se restriega los ojos con unos puños tan grandes como roscas de pan. Su poderoso pecho todavía se agita de cuando en cuando, pero ya se le ve más sosegado.
—Lo he hecho mal, lo siento… —murmura.
—No pasa nada. Sólo has tropezado. Y no te preocupes por haber hablado o porque te hayan visto… Son personas amigas. Ven a sentarte en el árbol quemado.
El Maestro coge de la mano al gigante y lo lleva al tocón. Luego se vuelve hacia nosotras, con el rostro tan lleno de emociones que parece más desnudo que cuando le vi sin ropas bajo la luna llena.
—Es mi hijo. Por eso dejé de ser un faydit. Porque me necesitaba. Es un inocente. No quiero que se sepa: podrían hacerle daño. Ésa es la razón de su disfraz de caballero. Le enseñé a pelear, aunque el pobre no es demasiado bueno. Sin embargo, le gusta, y su presencia aterroriza tanto que siempre es una prueba de fuego para los aprendices. Nunca pensé que lo podrías derribar. Nadie lo ha hecho. Como mucho, han conseguido esquivar sus golpes. Y alguno incluso ha salido malparado, porque Guy no controla sus fuerzas y, cuando pega, lo hace muy duro.
—Lo lamento… —digo con torpeza.
—¿Qué es lo que lamentas? ¿Haber combatido bien? No te preocupes. Sólo se ha asustado… y creo que también le ha dolido perder. Es muy grande por fuera, pero su alma es tan pequeña como la de una criatura.
No sé qué decir. Me siento aliviada, pero también defraudada. ¡Yo que estaba tan orgullosa de haber derribado al Caballero Oscuro y resulta que no es más que un pobre imbécil! Resoplo, algo irritada. Nyneve se acerca y mete su mano dentro de la mano del Maestro. El hombre se estremece y la aprieta con fuerza. Está atardeciendo y, por encima de nuestras cabezas, docenas de pájaros pían y alborotan mientras se preparan para dormir. Otro día hermoso que se acaba, deben de estar diciéndose los unos a los otros; otro día que hemos sobrevivido en este mundo tan repleto de cosas extraordinarias.
—Entonces, ¿puedo hablar? —pregunta Guy desde el tocón, donde sigue sentado modosamente.
—Sí, claro que sí —responde el Maestro.
—Tengo hambre.
El Maestro ríe, enseñando la ausencia de sus dientes.
—Por supuesto. Es hora de comer. Venid a nuestra cabaña. Esta noche compartiremos el guiso.