9
Rafael vio que Elena entraba con la mano herida y el pie a rastras, y se preguntó si tendría que matar al líder de los Siete después de todo.
—Voy a matarlo —dijo ella al tiempo que se desplomaba en el sofá de la sala de estar que compartían—. Y pienso disfrutar de cada minuto.
Tras evaluar la expresión sedienta de sangre de su rostro, Rafael decidió dejarle a Dmitri a ella.
—¿Tu pie necesita atención?
—Al parecer, se cura solo con bastante rapidez. —Una mirada interrogante—. ¿Acaso mi capacidad de curación se ha acelerado?
—Bastante. Los arañazos y las torceduras desaparecerán en menos de un día; pero, dado lo reciente de tu transición, las fracturas todavía tardarán semanas.
—Mejor eso que meses. —Se frotó la cara con la mano herida—. Supongo que has estado ocupado con los asuntos propios de los arcángeles.
Al verla así, desaliñada y agotada, alguien podría haberla considerado débil. Sin embargo, Rafael solo veía fuerza, determinación y una voluntad que nadie podría aplastar.
—He hablado con Noel.
—¿Qué dijo? —Elena tenía una expresión seria cuando terminó de contárselo—. No han dejado ningún rastro sólido que podamos seguir.
—No. Le tendieron una emboscada cuando se encontraba solo en una de las zonas menos habitadas del territorio del Refugio de Elijah. —Se permitía el tráfico cruzado en la ciudad, siempre y cuando se observaran ciertas normas de cortesía—. He ordenado a Jason que lo comprobara, pero ha sido incapaz de encontrar a ningún testigo.
—¿Y el sitio de la emboscada?
—Está a la intemperie. Cualquier rastro de su paso por allí desapareció hace tiempo. —Eso indicaba una planificación muy cuidadosa—. Y Noel estaba tan malherido que fue imposible averiguar si los que lo atacaron habían dejado algún rastro de sudor o sangre.
Elena negó con la cabeza.
—No creo que lo hicieran… Yo habría detectado el más minúsculo rastro cuando lo vimos por primera vez. En esa zona no había ningún tipo de esencia. ¿Qué pasa con las huellas de bota que tenía en la espalda?
—No había detalles suficientes, ya que su carne había empezado a sanar. —Rafael tenía la certeza de que eso también había sido deliberado. No lo de ocultar las marcas de bota, sino lo de asegurarse de que las esquirlas de cristal estuvieran enterradas a la profundidad suficiente como para ocasionar un dolor insoportable cuando Noel recuperara la consciencia.
—¿Qué tal lo llevó él? —Una pregunta formulada en voz baja.
—Fue un calvario.
Elena se apretó la rodilla con la mano herida, tan fuerte que los tendones formaron líneas blancas que contrastaban con el tono dorado oscuro de su piel.
—¿Le das algún crédito a lo de Elijah?
—No es más que un intento de tomarme el pelo. —Si Elijah quisiera matarlo, no perdería el tiempo con juegos estúpidos—. Elijah no desea conquistar nada.
Elena lo miró fijamente, y sus ojos mostraban a las claras la frustración que sentía.
—¿Hay algo que yo pueda hacer?
—Cuanto más fuerte estés, más difícil será hacerte daño.
La expresión de la cazadora entró en alerta, como si hubiese oído algo que él no había dicho.
—Esto es algo personal para ti, igual que para Illium y los demás.
—No voy a consentir que se trate a mi gente como si fueran peones desechables. —Y mataría a cualquiera que se atreviera a hacer daño a Elena sin pensárselo dos veces.
—Con los cazadores ocurre lo mismo. Si atacas a uno, los atacas a todos. —Un rápido gesto de asentimiento—. Me da la impresión de que sospechas de alguien.
—Nazarach tiene más de siete siglos de edad, y al igual que muchos de los antiguos, para él el dolor se ha convertido en placer. —Nazarach también estaba vinculado a Rafael. Si resultaba ser un traidor, su castigo causaría un grito de terror en el mundo.
Elena empezó a juguetear con la empuñadura de una daga que él no le había visto sacar.
—Así es como sabes que empiezas a cruzar el límite, ¿no? —Alzó la vista con una expresión agobiada—. Cuando comienzas a disfrutar con el dolor.
—Tú nunca atravesarás ese límite —le dijo al tiempo que tiraba de ella para levantarla. Tal vez no estuviera seguro de sí mismo, pero no tenía ningún tipo de duda con respecto a Elena.
—¿Cómo lo sabes? —Su rostro era una máscara que ocultaba un millar de pesadillas—. Me alegré cuando Uram desapareció. Me hizo muy feliz que ese cabrón muriera.
—¿Te deleitaste con su dolor? —le susurró al oído—. ¿Sonreíste cuando sangraba, cuando su carne ardía? ¿Te echaste a reír cuando puse fin a su vida?
Rafael sintió la repugnancia que le causaba esa idea antes de que ella negara con la cabeza y lo rodeara con los brazos.
—¿Eso te preocupa alguna vez?
—Sí. La crueldad parece ser un síntoma que acompaña a la edad y al poder. —Rafael pensó en Lijuan, que despertaba a los muertos y se entretenía con ellos como un niño con sus jubetes—. Miro en mi corazón y veo que el abismo me devuelve la mirada.
—No dejaré que caigas. —Una promesa feroz.
Rafael la abrazó con fuerza. Su inmortal tenía un corazón mortal.
Una hora más tarde, Elena, que aún sentía los brazos de Rafael a su alrededor, entró en una de las aulas. Diez pares de ojos la contemplaron con muda fascinación mientras tomaba asiento en el semicírculo. Ella también los observó. Nunca había estado tan cerca de los inmortales más jóvenes. Lo cierto era que parecían mucho más frágiles de lo que había imaginado. Sus alas eran tan delicadas que podría destrozarlas tan solo con las manos.
Al final, una niñita, de pelo castaño dorado, recogido en dos coletas, y con alas del color del otoño y la puesta de sol, se atrevió a decirle algo.
—¿Eres una niña?
Elena se mordió el labio inferior y cambió de posición sobre el enorme cojín que hacía las veces de silla y que, para su eterna gratitud, estaba situado en un rincón.
—No —respondió, y notó que se animaba de un modo que jamás habría esperado después de la conversación con Rafael—. Pero no hace mucho que soy un ángel. —Por supuesto, cuando Dmitri le había dicho que asistiría a unas clases para ponerse al día con la cultura angelical (y librarse de su ignorancia), no se esperaba aquello.
Los pequeños se cubrieron la boca con las manos para susurrar entre ellos. Hasta que una niña menuda y con los ojos almendrados dijo:
—Eras mortal.
—Así es. —Elena se inclinó hacia delante para apoyar los codos sobre las rodillas.
—Se supone que no debes hacer eso —susurró con apremio un niño de cabello rizado y negro que se encontraba a su izquierda—. Si Jessamy te ve, tendrás problemas.
—Gracias por la advertencia. —Elena se irguió y el niño, que parecía tener unos cuatro años, asintió con aprobación—. ¿Por qué no se permite hacer eso?
—Porque es malo para la espalda.
—Excelente, Sam —dijo una voz adulta por detrás de Elena. Un instante después, una criatura alta y delgadísima ataviada con una túnica larga azul pasó junto a Elena en dirección al centro del semicírculo. Aquella, pensó ella, debía de ser la temible Jessamy.
—Veo que todos habéis conocido a la nueva estudiante —dijo la profesora.
Sam levantó la mano.
—¿Sí, Sam?
—Yo puedo enseñarle las instalaciones.
—Eso es muy amable por tu parte. —Un centelleo en esos severos ojos castaños, disimulado con un guiño.
Sin embargo, Elena lo había visto, y eso hizo que aquel ser femenino le cayera bien.
—Ahora —dijo Jessamy—, puesto que es el primer día de Elena, me gustaría repasar parte de la materia que ya hemos estudiado, en particular la relacionada con nuestra fisiología.
Elena echó un vistazo a Sam.
—No tienes cuatro años, ¿verdad?
—No soy un bebé —fue la indignada respuesta. En ese instante, sus compañeros los mandaron callar.
Después, Elena escuchó y aprendió; los demás estudiantes le enseñaron los nombres y funciones de cada músculo, cada hueso y cada pluma, desde las que controlaban la dirección del vuelo hasta las que reducían la resistencia e incrementaban el impulso.
Para el momento en que la clase llegó a su fin, Elena tenía la cabeza llena de información, y cierta noción de lo mucho que le quedaba por aprender.
—Podéis marcharos —dijo Jessamy a sus alumnos al tiempo que se ponía en pie—. Elena, me gustaría hablar contigo.
Los enormes ojos castaños de Sam mostraban su desilusión.
—¿Quieres que te espere?
—Sí —dijo Elena—. Nunca había estado en esta parte del Refugio antes. —Se encontraba en el centro geográfico de la ciudad, que, según Illium, era un territorio neutral.
Una sonrisa radiante, tan inocente que hizo que la cazadora se preocupara por el niño.
—Te esperaré en la zona de juegos. —Inclinó la cabeza para despedirse de la profesora y salió por la puerta con sus alas negras ribeteadas de marrón arrastrando por el suelo.
—Sameon… —dijo Jessamy con dulzura.
—¡Huy! —Otra sonrisa—. Lo siento. —Levantó las alas.
—Volverá a arrastrarlas en cuanto desaparezca de mi vista. —Jessamy señaló con la mano dos cojines para adultos que había junto a un escritorio lleno de libros—. ¿Quién te dijo que te unieras a las clases?
Elena sintió una descarga de recelo en la espalda mientras ambas se sentaban.
—Dmitri.
—Ah… —Los ojos de la maestra resplandecieron—. No era necesario que estuvieras con los pequeños. Me mostré más que dispuesta a darte lecciones por separado.
—Tenía pensado despellejarlo —murmuró Elena—, pero lo cierto es que he disfrutado de la lección. ¿Te importaría que viniera otras veces? Ellos me enseñan con el mero hecho de ser como son.
—Serás bienvenida siempre que quieras. —El rostro de Jessamy adquirió una expresión solemne—. Pero tendrás que aprender más rápido que ellos si quieres sobrevivir a Zhou Lijuan.
Elena titubeó.
—Sé lo de los renacidos —añadió Jessamy con una voz teñida de horror—. Soy la tesorera de los conocimientos angelicales. Mi deber es conservar las historias… aunque desearía no tener que escribir esta.
Elena asintió en un silencioso acuerdo y colocó la mano sobre la pila de libros que había sobre el escritorio.
—¿Estos son para mí?
—Sí. Contienen un resumen conciso de nuestro pasado reciente. —La maestra se puso en pie—. Lee cuanto puedas y acude a mí si tienes preguntas, sin importar lo insignificantes o indiscretas que sean. El conocimiento es poder, y mucho más cuando uno debe enfrentarse a la más antigua de nuestra raza.
Elena se puso en pie y observó las alas de Jessamy cuando el ángel se giró para coger algo que había tras ella. El ala izquierda estaba retorcida de un modo que hizo que a Elena se le encogiera el estómago.
—No puedo volar —dijo el ángel sin rencor, a pesar de que Elena no había abierto la boca—. Nací así.
—Yo… —Elena hizo un gesto negativo con la cabeza—. Esa es la razón de que seas como eres.
—No te entiendo.
—Eres amable —aclaró Elena—. Creo que eres el ángel más amable que he conocido en toda mi vida. —No había ninguna malicia en esa criatura con los ojos de color tierra y un brillante cabello castaño—. Sabes lo que es el dolor.
—También tú, cazadora del Gremio. —Le dirigió una mirada perspicaz mientras salían a la luz del sol, pero esa perspicacia fue sustituida de inmediato por una intensa felicidad—. Galen…
Al seguir la mirada de Jessamy, Elena vio a un ángel que acababa de aterrizar en la plataforma elevada que había frente a la escuela. Había algo familiar en ese ser pelirrojo y musculoso, aunque habría jurado que no lo había visto en su vida. Sin embargo, cuando sus ojos de color verde claro se clavaron en ella con una gélida expresión de amenaza, los recuerdos afloraron a la superficie.
Rafael sangrando en el suelo. Dos ángeles con una camilla. El pelirrojo la miraba como si quisiera arrojarla al abismo que había al otro lado de la ventana destrozada…, como si deseara ver cómo aterrizaba en el suelo a velocidad terminal, cómo su columna vertebral atravesaba la piel de su espalda y su cráneo quedaba reducido a una masa gelatinosa de materia gris.
Era evidente que no había cambiado de opinión.
—Galen. —Esta vez, la voz de la mujer tenía un matiz de reprimenda.
El ángel pelirrojo apartó la mirada de Elena, pero no dijo nada. Tras captar la indirecta, la cazadora se despidió de Jessamy y bajó las escaleras. De pronto, se le erizó el vello de la nuca a forma de primitiva advertencia.
—¡Estoy aquí!
Sorprendida, alzó la vista y descubrió que Sam volaba sobre ella con unas alas que parecían demasiado grandes para su pequeño cuerpo.
—¿Ya sabes volar?
—¿Tú no? —Planeó sobre ella.
—No.
—Vaya. —Realizó un bamboleante giro a la izquierda antes de aterrizar a su lado—. En ese caso, yo también iré andando.
Elena tuvo que contener la sonrisa al ver que sus alas arrastraban por el suelo e iban dejando un rastro limpio.
—¿Te resulta más fácil ir por el aire?
—A veces, si el viento es bueno. —El niño tiró de su mano para señalar a alguien que se encontraba al otro lado del patio. Al levantar la mirada, Elena vio que un ángel de hombros anchos con alas como las de las águilas tomaba tierra—. Ese es Dahariel. Es uno de los antiguos.
Dahariel la miró a los ojos.
Edad. Violencia. El chasquido de la fuerza.
Todo eso en una única mirada, ya que después inclinó la cabeza a modo de saludo y se alejó en dirección a lo que, según había descubierto Elena, era el territorio del arcángel Astaad. La cazadora se estremeció a pesar del calor del sol. Ese, pensó mientras Dahariel desaparecía de su vista, podría ser capaz de golpear a un hombre con tan cruel precisión que no quedara nada.
Sam tiró de su mano una vez más.
—Venga, vamos.
Mientras su diminuto guía turístico la guiaba a través del campus, Elena permitió que su mente se relajara bajo el cielo despejado. Aquellos jóvenes habían nacido inmortales, y muchos de ellos eran mayores que ella, a pesar de las apariencias. Sin embargo, la edad era algo relativo. Veía en sus caras la misma inocencia que había visto en el bebé de Sara, en Zoe. Todavía no habían saboreado las lágrimas amargas que el mundo tenía para ofrecerles.
Parecía que los ángeles mayores y más poderosos, por más crueles que fueran, hacían un esfuerzo por mantener esa parte del Refugio libre del estigma de la violencia. Era un oasis de paz en una ciudad en la que se oían miles de susurros siniestros.
Un movimiento de aire sobre su cabeza, el susurro de las alas de un ángel adulto.
Elena levantó la vista y atisbo un destello azul antes de que Illium aterrizara. Se oyeron gritos y risillas cuando los niños, incluido Sam, se arremolinaron como mariposillas en torno a él.
—Sálvame, Elena —dijo Illium mientras remontaba el vuelo…, aunque no voló demasiado alto, no tanto como para que los pequeños no pudieran seguirlo.
Sonriente, Elena se sentó en uno de los artilugios del patio de juegos y observó cómo realizaban espirales y caían en picado. A Belle le habría encantado esto, pensó de pronto. Su impetuosa hermana mayor tenía un secreto: adoraba las mariposas. En una ocasión, Elena le había regalado un monedero con forma de mariposa monarca muy bonito que había comprado en una subasta casera por diez centavos. Y Belle lo llevaba en sus pantalones vaqueros el día que Slater Patalis le rompió las piernas por tantos sitios que su hermana parecía la muñeca olvidada de alguna niña.
Elena aún podía ver las brillantes lentejuelas naranjas en medio de un mar de sangre, y los dedos sin vida de Belle cubiertos de rojo.