CAPITULO XIII
El «Corvette», pese a frenar con suavidad, levantó una polvareda rojiza.
Divisaron el «Mercury» semioculto entre los árboles.
—¿Tienes miedo, Sandra? Puedes quedarte aquí y...
—¡Voy contigo! —casi gritó la joven.
Frankie Baldwin abrió uno de los apartados del salpicadero. De un doble fondo extrajo una pequeña «Sterling».
—Guárdala en tu bolso, Sandra. Está cargada. Parece un juguete, pero no lo es.
—¿Llevas tu revólver?
—No. Dudo que lo necesite para enfrentarme a una anciana.
—También está Kathrin.
—¿Kathrin? —Sonrió Baldwin, abriendo la portezuela—. Puede que sea peligrosa... en el lecho.
—Aunque la muerte vista de seda...
—No seas pesimista, Sandra. Fíjate en el castillo. Tampoco resulta tan tenebroso. Al menos a la luz del sol.
—Ese es el árbol, Frankie. Ese de las ramas alargadas y raíces salidas. El más cercano al castillo. Ahí colgaron a Leonard McRoots.
—Muy interesante. Anda, vamos a llamar. De seguro que Kathrin ya habrá informado a la vieja.
—Frankie...
—¿Sí?
—El árbol... no mueve las hojas como los otros...
Baldwin tragó saliva.
Era cierto.
—Bueno... Kathrin estacionó el «Mercury» muy cerca... Puede que eso influya.
—Eso es una tontería.
—Sí, pero no se me ocurre ninguna otra. ¿Por qué no...? Baldwin enmudeció al ver abrirse la puerta del castillo. Lentamente.
Con tenue chirriar.
Empujada por una mano invisible.
Frankie Baldwin se adelantó con decidido paso. Sandra fue tras él aferrándose a su brazo izquierdo.
—Frankie...
—Tranquila, Sandra.
Penetraron en el castillo.
Al fondo se abrió una puerta.
—Nos está indicando el camino, Sandra. No hagamos esperar a la señora McRoots.
En efecto.
Karla McRoots.
En el lujoso y aristocrático despacho-biblioteca.
Tras la artística mesa escritorio.
Con su demoníaca sonrisa.
—Pasen, por favor... ¿Quién es su encantadora acompañante, Baldwin?
Frankie Baldwin empequeñeció los ojos.
Fijos en la enlutada mujer.
Ya no dudaba de la historia de los McRoots.
El aspecto de la anciana era el de una bruja.
—Señora McRoots, ¿no es cierto? —Sonrió Baldwin—. Me he permitido traer conmigo a Sandra Fargo. Una amiga. —Bien hecho. No es agradable morir solo.
—¿Morir?
Karla se incorporó apoyando sus huesudas manos en la mesa.
—¿No viene a eso, Baldwin? Kathrin se ha informado. Era amigo de Marc Goldsmith y trata de localizarle. No me gustan los investigadores.
—¿Dónde está Marc?
Karla agrandó aún más sus saltones ojos.
Como si le sorprendiera la pregunta.
—Muerto. Al igual que los otros.
—¿Los otros?
—Por favor, Baldwin. Usted es inteligente. Ratone un poco. La Clover Agency es mi fuente de ingresos. Sólo me dedico a clientes que pueden ser colmadamente beneficiosos. Hombres solitarios, sin familia... y con fortuna. Mis discípulas me ayudan. Son ellas las que contraen matrimonio. Walter Shaber nos proporciona los documentos necesarios. Apuesto que conoce a Shaber.
—Creí que se había retirado.
—Cierto. Sólo falsifica para mí. Certificados de nacimiento, estudios, habitabilidad..., ya sabe. Todo lo que pueda impresionar al candidato de turno. Una vez conseguido el dinero, desaparece. Sin dejar rastro. Necesito dinero, Baldwin. Mucho dinero para recuperar todo cuanto robaron a Asfalgor.
—Está loca...
—¿Loca? ¡Locos fueron los que se atrevieron a ultrajar al gran Asfalgor! Durante años me he dedicado a recuperar el tesoro de Asfalgor. Investigando el paradero de las joyas más valiosas. El puñal, el bastón de mando, el cáliz... Me ha costado mucho. Y todavía faltan más; pero no descansaré hasta conseguirlo. Seguidme...
Karla pulsó el oculto resorte.
El mueble biblioteca giró descubriendo el túnel.
Ante la inmovilidad de Baldwin y Sandra, la anciana rió cascadamente.
—¿Qué ocurre?... ¿Miedo, Baldwin?
—Quédate aquí, Sandra.
—No, Frankie. ¡Voy contigo!
Siguieron a la anciana.
Descendieron los fríos peldaños.
Hasta llegar a la circular sala. Al altar. El triángulo con cirios encendidos. El vacío trono. El lienzo con el escudo de los McRoots.
Frankie Baldwin quedó más sorprendido por la visión de las cuatro muchachas.
Luciendo largas túnicas blancas... y con una sierra eléctrica en la mano derecha.
—Ya conoces a Kathrin. Las otras son Verna, Sharon y Gladys. Entraron muy pequeñas en el internado. Fueron las elegidas por Asfalgor. Cada una de ellas recibió la visita del gran Asfalgor, ¿no es cierto, queridas?
Las cuatro muchachas asintieron.
Sin hablar.
Con un infernal destello en los ojos.
—¡Acabad con ellos!... ¡Asfalgor!... ¡Gran Asfalgor!... ¡Conde del Averno!
Karla arrojó unos polvos al centro del triángulo.
De inmediato surgió la llamarada.
Y la demoníaca visión de un ser monstruoso con piernas de serpiente.
El grito de terror de Sandra fue coreado por las carcajadas de las cuatro jóvenes que avanzaron accionando el funcionamiento de las sierras portátiles.
—¡La escalera, Sandra! —exclamó Baldwin, pálido y aturdido—. ¡Corre y saca la pistola!
El horror había paralizado a Sandra.
Permaneció inmóvil.
Gritando.
Con la mirada fija en la llamarada donde flotaba la borrosa figura del Averno.
Frankie Baldwin reaccionó arrancando el lienzo que colgaba tras el trono.
Lo arrojó sobre Gladys y Verna que avanzaban en primer lugar.
Uno de los cirios prendió en la tela. Empezó a arder con pasmosa rapidez. Como la estopa. Envolviendo a las muchachas que vieron en llamas sus túnicas. Se arrojaron al suelo retorciéndose entre desgarradores alaridos.
Entraron en el triángulo dibujado en el suelo.
—¡No!... ¡No!... ¡Apartadlas de ahí! —gritó Karla, enloquecida—. ¡No pueden turbar la presencia de Asfalgor!... ¡Sacadlas!... ¡Ayudadme!...
Baldwin aprovechó para empujar a la horrorizada Sandra hacia la escalera.
—¡Maldita sea, Sandra!... ¡Tenemos de salir de aquí!... Hay un barril de pólvora bajo el altar y...
Una voraz llamarada ahogó la voz de Baldwin.
Giró la cabeza.
A tiempo de ver como Karla se retorcía en el centro del triángulo. Envuelta en una columna de fuego. Al igual que sus discípulas. Convertidas en antorchas humanas.
Karla, en su desesperado intento por librarse del fuego, fue a caer sobre el trono de Asfalgor.
La explosión resultó atronadora.
Frankie Baldwin, ya en lo alto de la escalera, cayó a consecuencia de la onda expansiva.
Miró hacia atrás apoyado en el mueble-biblioteca.
Le pareció estar contemplando una de las entradas del infierno.