Alameda: Las penas con jamón saben menos

EL DOMINGO, la Alameda Central se pone de colores, el despanzurramiento de la hermosa provincia mexicana en sus veredas no es para menos.

Y aquí Sociocultur nada tiene que ver, que me caiga un rayo láser jupiterino, si su metodología de desarrollo social estratégicamente programado para la convivencia urbana pergeñó el aterrizaje de Alien, el Octavo Ciudadano.

Por supuesto, que la CNOP ni con computadora se dio por enterada, aunque el personal pululante por derecho propio pertenece a la Confederación Nacional de Organizaciones Populares, Similares y Conexos, SA de CV, de la República Mexicana.

Ya lo decía siglos atrás el inglés Tomás Gage, a la Alameda arriban los galanes que se las quieren comer vivas y no convidan ni a sus mejores cuates: Novo (¿cómo que cuál?, pues Salvador) escribía que uno de los paseos de los ciudadanos de la bella Anáhuac era éste de la Alameda.

Pero, hoy, como tanta y tantas cosas la masa y el número han tomado por asalto posrevolucionario el paseo de la Alameda Central.

Sí, usted se acordará, en tiempos de Efraín Huerta la Avenida Juárez era Good morning, pero ahora: ¡Ranas y caballos-güeros, háganse atrás de la raya, que el pópulo se está divirtiendo! Y digo el pópulo al estilo grítenme-piedras-del-campo, donde se denota el gusto por la pitahaya y las botas del taconazo. Pantalones rigurosamente adquiridos en la antigua San Juan de Letrán, cosméticos comprados en las marabúnticas calles de la Ribera de San Cosme, y el uso de mollejas de cuarzo con números fosforescentes para, llegado el momento, sacudir la muñeca y atrapar la mirada de la fémina en la existencia de Miguelito Valdez. Fayuca tepiteña para darse un quemón.

Las organizaciones políticas se apuntan para la orquesta, pero desde antes que nacieran, la raza ya estaba ahí. Las sectas religiosas, duro y cantado para agarrar al maje que les sostenga el estandarte.

Y ora sí, como dicen por ahí, nunca falta alguien así. En esta Alameda hay para todos los santos, todo es cuestión de perseverar domingo a domingo: institucional, disidente, izquierda, derecha, por el centro, de a ladito, teológico, ecológico, escatológico, ida y vuelta, y, por supuesto, el ligue, como en el pueblo, como en el terruño, como cuando vivíamos allá, tentaleando y dando la vuelta para gastar las suelas de los zapatos.

Ora sí, como los que van a los bares, o las discotecas, o a los salones de baile, o a Cancún, o a los centros comerciales, puesto que en esto humanos somos y en las pasiones andamos. O qué, ¿nada más su corazoncito tiene derecho a hacer aerobics?

Las veredas que conducen a Neptuno, las calzadas que llevan al respeto al derecho ajeno es la paz, las laterales que permiten el repegón con el kiosco, las bancas que no serán las de la Cámara de Diputados pero bien alcahuetas que son, pierna sobre pierna y suspiro contra susurro, son cómplices y testigos que las trabajadoras domésticas, los vendedores ambulantes, el proletariado que labora en Naucalpan y el artífice de la economía de milagro ejercen su derecho al bacho y becho, al entons’qué: ¿Después de la de Vicente Fernández nos vemos las caras?

Y aquí en domingo es como en las manifestaciones, uno nunca sabe si son cinco mil o mil, lo único que se ve es que son un chinguero.

Y es que en tierra de apaches el forastero es güey. Pues ni modo que le diga luego luego sí, si apenas nos conocimos. Y es que la ciudad se conoce de poco a poquito, porque si no te da unos coscorrones que quedas como loco.

Y para eso sirve la Alameda Central, para que el personal que acaba de aterrizar desde Cuautitlán no se desavalorine. Y qué mejor, que las penas con jamón saben menos.