Epílogo
ENERO, FRÍO Y SERENO, INAUGURA UN AÑO NUEVO
Esa Nochevieja, con un pie en el año ya recién estrenado, Vanesa y Diego se acostaron muy tarde. Les costó una eternidad meter a las niñas en la cama. Con la novedad de tenerla en casa, se hicieron de rogar a la hora de irse a dormir. Laura estaba demasiado nerviosa para conciliar el sueño. La noticia de la próxima boda de papá y Vanesa la tenía excitada perdida. Y Elena, aunque no entendía el porqué de tanta fiesta, se contagió al ver a su hermana dar saltos en el colchón y no paraba de reír y dar palmitas y destaparse una y otra vez, levantando el edredón a fuerza de patalear.
Hora y media después, con las pequeñas dormidas y en el silencio de la madrugada, se amaron con rudeza y pasión, plenos de codicia por recobrar tantos momentos demorados. Saciados solo a medias, conversaron de muchísimas cosas, y entre cientos de besos y palabras confiadas, expulsaron para siempre el miedo que aún lastraban en el corazón hasta que las ganas de poseerse el uno al otro se entregaron al placer compartido, con la tierna demora que merecía esa segunda vez.
Con los músculos temblorosos y el corazón desbocado, Diego apretó a Vanesa contra su pecho y hablaron en voz baja. Cada uno confesó los anhelos por cumplir a lo largo de esa vida imaginada a partir de entonces. Y aunque ambos eran conscientes de que el futuro está hecho de la misma materia intangible que los sueños, juntos harían lo posible para verlos cumplidos.
—Cuando estés preparada —tanteó Diego, agotado—. Y solo si tú quieres...
—¿Si quiero, qué? —medio bostezó Vanesa.
—Hablo en serio —aclaró—. Solo si tú quieres, podríamos aumentar la camada con un niño. O con dos. No me apetece ser el único macho en una manada de hembras.
Vanesa rio con la boca cerrada al oír sus argumentos en lenguaje zoológico. Diego desconocía que, como hija tardía de unos padres diez o doce años mayores que los de sus amigas, tenía una idea clara al respecto. Y con ellos en Tarabán para echarles un cable, la conciliación con el trabajo iba a ser mucho más sencilla. Diego deseaba al menos dos más...
¿Familia numerosa? ¡Caray, sí! Y mil veces sí.
—No esperemos demasiado —musitó cerrando los párpados—. Me gustaría ser una mamá joven.
Tras decirlo, se quedó dormida. Y Diego, que ni por asomo esperaba esa respuesta, se durmió con una sonrisa enorme, sorprendido y feliz.
Poco le duró el descanso, apenas dos horas. Encendió la tenue luz de su lamparilla y miró la hora en el móvil; faltaba poco para las seis. Se metió de nuevo bajo el edredón y contempló a Vanesa dormida. La quería así, solo para él; antes de que sus adoradas y desesperadamente madrugadoras hijas irrumpieran en el dormitorio reclamando los mimitos de primera hora, para ponerse a saltar en la cama pidiendo el desayuno al minuto siguiente. Y luego venía la comilona familiar, porque conociendo el entusiasmo cocinero de su madre... Hizo un repaso mental a todo lo que le aguardaba en unas horas: padres, suegros, presentaciones, el notición, las niñas alborotadas y las madres haciendo planes. Rebufó, agotado solo de pensarlo, y miró de nuevo a Vanesa. La intimidad de la cama les pertenecía, era su refugio privado. De los dos.
Ella dormía boca arriba. Diego le apartó el pelo de la cara, con cuidado de no despertarla. Metió la mano bajo el edredón y la acarició despacio, disfrutando del calorcito de su cuerpo desnudo. Se demoró entre sus muslos. Los sueños eran algo imaginario, aunque posibles; pero la mujer que le ayudaría a lograrlos era real como la excitación húmeda que apreciaba en los dedos que jugueteaban entre sus piernas. Tan de verdad como la suya propia.
Vanesa entreabrió los ojos y le sonrió. Diego la besó en el cuello, a la vez que la cubría con su cuerpo. Ella le hizo sitio enroscando las piernas alrededor de las suyas.
—Prométeme que recibiremos cada año nuevo haciendo el amor —pidió Vanesa.
Movió las caderas, deseosa, y Diego la sujetó por las nalgas, alzándola para enterrarse en la dulce calidez que lo reclamaba. No existía mejor manera de inaugurar su primer año. Juntos, compartiendo el más íntimo y excitante placer. Se movió con un ritmo creciente, cada vez más adentro y con más fuerza, sacudiéndola bajo el peso de su cuerpo. Como a ella le gustaba.
Con los ojos cerrados, Vanesa se aferró a sus hombros al sentir los labios de Diego cerca del oído.
—Prometo despertarte así cada uno de enero —jadeó—. Amándote...
Siempre...
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En memoria de Ajax, pastor alemán de la Unidad Canina de la Guardia Civil condecorado por su valor, que murió el día en que yo empecé a escribir esta novela.
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